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A FUEGO LENTO


Anoche pensé en ti 
mientras doblaba mis sentimientos 
para ordenarlos un poco.
Me molesta el desorden  
que me provocas,
aunque a veces  sólo quiero que me desordenes.

Si me miras despacio
verás cómo la Luna se esconde en mis ojos.
Soy luz en las tinieblas,
para ti,
 si me miras.

A fuego lento me quemo despacio
mientras me tomo el café de las nueve,
caliente y amargo,
como tu silencio a ratos.

A fuego lento ardo en tus ojos
cuando leo las intenciones 
que se te dibujan en la cara.

Me quedo sin palabras,
esas que tú nunca usas,
pero te leo entre líneas
como si fueras un libro.
Mi favorito.

A fuego lento me derrites
cuando me escribes tuya 
entre las páginas del libro que no eres,
desnudándome de sueños
entre ficciones de realidad en clave.

Me reduzco a cenizas
para resurgir cual ave fénix,
y que me derritas de nuevo
sin siquiera tocarme.

Andrea.

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TENGO QUE DEJAR DE ESPERARTE


Intento no pensar en ti cuando alguien roza mi cintura. Intento dejarme llevar en otros labios por el mero hecho de sentir algo diferente, pero cuando más beso, más te extraño. Y por ese motivo, me encuentro en un círculo vicioso desde que te fuiste. Todo me recuerda a ti. Cada esquina, cada postre, cada carretera, cada paisaje. Un sinfín de emociones que me persiguen desde el primer minuto del día. Miro a mi alrededor, manteniéndome a la espera de un rescate triunfal. Pero eso nunca sucede. Jamás. «Tengo que dejar de esperarte» es la frase que añado al café de mis mañanas. Y supongo que poco a poco lo conseguiré. Dejaré de esperar algo de ti, te dejaré libre de mis pensamientos y mi sonrisa empezará a brillar como lo hacía antes de ti. Solo necesito tiempo. Algún día no dolerás. Y sé que el que no duelas depende de mí. Como todo en esta vida. Porque cuando tu compañero es el dolor, aprendes que el dejar de sufrir depende de una decisión. Y esa decisión se reduce a la paradoja de «tengo que dejar de esperarte». Cierro los ojos y me deseo suerte.

Blanca de Paco.
 
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