ME LLAMO LUCY BARTON - ELIZABETH STROUT

Tengo una manía con los libros que creo que todavía, después de tantas reseñas, nunca he contado: no me gusta que la figura que aparece en la portada me mire. No entiendo el porqué pero me pasa, me siento incómodo. Lo mismo me ocurre con el autor, no me gusta que me esté mirando. Si algún médico lee esto espero que encuentre mi enfermedad. En Me llamo Lucy Barton hay una chica en la portada, pero por suerte no te mira. Gracias, Duomo. Primer punto a favor.

Vayamos a lo serio. Qué difícil es leer un libro de éxito que está lleno de citas en su faja o en su contracubierta, ¿verdad? A mí se me hace difícil porque inevitablemente me condiciona, aunque reconozco que todo en realidad condiciona la lectura. He leído la tercera edición de Me llamo Lucy Barton, con lo que he podido leer citas elogiosas de autores, medios y críticos tanto en la faja como en la contracubierta y las solapas. Aunque, también debo decirlo, el libro las merece. Me quedo sobre todo con una, la de Robert Saladrigas de La Vanguardia, que dice que «El talento de Elizabeth Strout refulge en el peso y la densidad de las cosas que la protagonista-narradora no cuenta». Es eso que no cuenta lo que a mí más me ha gustado del libro (aunque me gustaría decir que para mí el talento es de Lucy Barton, y ya en segundo lugar, si queréis, de Strout. Mención también al trabajo de la traductora Flora Casas). 

En Me llamo Lucy Barton se nos cuenta la historia de una niña que ha alcanzado la adultez (por edad, no por condición), que ha estado ingresada en un hospital por complicaciones en una operación y que se ha visto obligada por un tiempo a hacer reposo. Eso hará que ella misma nos hable. Cuando he dicho niña no quiero que penséis en el prototipo de niña. Si vais a imaginar algo así entonces digo mujer. Pensad en una mujer, que está casada, que también lo ha estado, que tiene dos hijas y la historia de su vida por contar. Pero lo de niña lo digo por una razón que si decidís leerlo entenderéis. Atentos a la forma.

Lucy Barton, desde una perspectiva ya vivida y como escritora, nos cuenta lo que vivió en aquellas semanas de ingreso hospitalario. He estado a punto de decir «todo lo que vivió» pero hubiera errado porque lo que aquí cuenta en realidad es lo que ella quiere contar. Y ahí viene lo que destacaba Robert Saladrigas, y es que a medida que avanzas en el libro te das cuenta de que no sabes cómo pero estás leyendo más de lo que está escrito. Como si el libro fuese una persona que tienes delante y que te mira a los ojos y que tú le miras a los suyos, Me llamo Lucy Barton ha sabido hacerse con la capacidad de hablar por los ojos, de decir sin voz cosas que están en la cara oculta de lo escrito. Es raro, lo sé, y probablemente no me esté explicando bien, pero ya sabes, lo mejor para esto es leer el libro y vivirlo. Y ya verás como entonces lo entiendes.

Lucy Barton nos habla de la relación con sus padres, en especial con su madre, quien la visita al hospital provocando un reencuentro tras muchos años de separación. La relación con su madre, con su padre, sus hermanos, sus maridos, sus hijas, su vida, su tristeza, su fondo. Todo siempre roto. De todo nos habla y de mucho más no lo hace, pero sí. El encuentro con su madre hará que sepamos de su infancia, de todo lo que dejas de ganar cuando no tienes nada. La infancia de Lucy Barton nunca desplegó sus alas, y por eso sigue en ella y (ves con cuidado) después de la última página habita en ti. La copa rota que es la vida de Lucy Barton te marcará los labios y te hará adicto a la sangre de la autora. Dicen por ahí que para escribir solo hace falta sentarse delante del ordenador y sangrar. Parece fácil, ¿no? Todavía más lo parece con este libro. Y qué difícil debe de ser. Y qué difícil es.

Víctor González.

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
;